domingo, 14 de febrero de 2010

Un pueblo endurecido por las desgracias
Haití es hoy en un inmenso campo de refugiados. La estación de lluvias supone ahora el principal problema

V. G.
Santa Cruz de Tenerife


A las 16:53 horas del pasado 12 de enero el suelo de Haití se sacudió como una sábana. Apenas 40 segundos después, el terremoto había sepultado la mitad de los colegios, casi todos los hospitales, universidades y 250.00 viviendas; segó de golpe la vida 217.000 personas y acabó con el 60% de la economía del país más pobre del Hemisferio Occidental.

Un mes después del desastre, la cara de Haití es la de un inmenso campo de refugiados. Cada parque, cada plaza de la capital, Puerto Príncipe, está atestado de tiendas de campaña. Por cada campamento medianamente de las agencias humanitarias internacionales, medianamente bien organizado, aparecen otros tantos completamente destartalados, montados con telas y cartones. Los servicios de luz y agua corriente se han ido restituyendo poco a poco, pero las calles aún presentan problemas de suciedad y olores.

No obstante, se han producido avances en estos treinta días. El caos inicial se ha superado y la coordinación de la ayuda internacional, a través del Programa Mundial de Alimentos de la ONU, ha mejorado notablemente; la atención se centra ahora en la vacunación y el reparto de ayuda. Hay menos muertos en las calles y existe un mayor control policial en algunas zonas. También el tráfico de aviones y coordinación en el aeropuerto han mejorado.

Los haitianos conmemoraron el primer mes de la tragedia rezando por sus muertos y con la mirada puesta en el cielo, la inminente estación de las lluvias es ahora el principal enemigo. Saben que los toldos de nylon y sábanas raídas de los campamentos improvisados poco podrán resguardarlos del agua; y el problema se agrava por la extrema deforestación que padece el país, producto de décadas de una nefasta política medioambiental.

Hace unas semanas, el Gobierno haitiano calculó en aproximadamente 10 años el tiempo necesario para la reconstrucción del país, pero ya han salido voces que elevan la cifra hasta 25.

Poco o nada invita al optimismo, sin embargo, los haitianos resisten. Son un pueblo endurecido por las desgracias, no sólo por los terremotos y huracanes, también hambrunas y la miseria por las sucesivas dictaduras, muchas alentadas desde el vecino Estados Unidos. Generaciones de sufrimiento los han hecho un pueblo digno, altivo, que llora pero que no se paraliza ante el desastre. Se maravillan quienes estuvieron allí de cómo a los diez minutos de pasado el terremoto, los haitianos se levantaron y comenzaron a ver qué podían salvar de entre los escombros. Son supervivientes y eso es esperanzador.

Publicado en Diario de Avisos
Texto y fotos: www.diariodeavisos.com